De vez en cuando, me da la impresión de que las buenas películas tienen que dejarme grandes ideas. Evidentemente, la huachafería me abandona pronto y me doy cuenta de que hay historias que merecen ser contadas porque son, y porque narrar historias se trata, pues, simplemente de eso: decir algo que quieres compartir.
Dioses, la película de Josué Méndez, es una de esas que me dejan calladita. Salí con la impresión de haber encontrado algo, pero no. De haber concluido algo, pero no. De haber percibido algo en el ambiente, pero…. No pues, no.
Quizá porque se trata de un tema tan cercano, casi “costumbrista”, como dice Percy. Si tuviéramos respuestas de esas pequeñas porqueritas que componen nuestro mundo, este simplemente no sería tan feo. Méndez entiende eso a la perfección, por eso cuenta una historia con la delicadeza del cirujano, dejándonos ver de todo un poco pero sin soltar “mensaje”, porque no pues, así no es.
Con personajes tan verdaderos y ridículos como los que vemos (o no) diariamente, con un guión tan preciso que no nos deja lugar a sospecha, con unas actuaciones tan cuajadas que nada queda fuera de su sitio, esta película deja la sensación de haber visto una fotografía recontra bien encuadrada de la clase más pudenda y fifiris limeña. Ahí la tienes, de extremo a extremo, sin caer en sosos juicios morales ni frívolas especulaciones. Y con su escandalito dramático más, como quien no quiere la cosa.
¿Que querían ver una crítica social? ¿Una elaboración filosófica de lo que pasa en la sociedad moderna? ¿Un perfil antropológico de la Lima actual? Se equivocaron, muchachos. El cine (y buen cine peruano, ah, cállense la boca) no se trata de eso.
lunes, 10 de noviembre de 2008
domingo, 9 de noviembre de 2008
Mon meilleur ami
« Et je n'ai pas besoin de toi. Et tu n'as pas besoin de moi non plus. Je ne suis pour toi qu'un renard semblable à cent mille renards. Mais, si tu m'apprivoises, nous aurons besoin l'un de l'autre. Tu seras pour moi unique au monde. Je serai pour toi unique au monde... »
Un coleccionista obsesionado con una reliquia griega debe conseguirse un mejor amigo para conservar su preciada pieza y, de paso, un poco de su honor. François es retado por su socia, quien tiene serias dudas sobre las habilidades de un insensible como él para construir relaciones verdaderas de amistad. Este solo dispone de diez días para demostrarle su error.
Mi mejor amigo (Francia, 2006) es una narración insignificante, de esas a las que uno no suele dar mucha bola en estos tiempos de locura. Y, sin embargo, de pequeñas historias como esta está escrita la vida. François encuentra una motivación poco convencional para agenciarse al que podría ser el único asistente a su funeral, pero a la larga encuentra al mejor compañero: un simpático, sonriente y sincero taxista. Unas cuantas divertidas desgracias reúnen y separan a este par de solitarios, que con tan francas y limpias actuaciones (grandes Auteuil y Boon) remueven hasta el corazoncito más tieso de la sala.
Una película sencilla, con un tema tan humano que se hace proclive a la cursilería, pero se mantiene con un tono sobrio y, por eso mismo, mucho más conmovedor. Una historia mínima para detenerse en el vértigo de los días y pensar en lo que es de verdad importante.
Ojalá fuera tan fácil cruzarse a estos sujetos amigables por la calle, sobre todo para un grandísimo hijo de la guayaba como el coleccionista...
Un coleccionista obsesionado con una reliquia griega debe conseguirse un mejor amigo para conservar su preciada pieza y, de paso, un poco de su honor. François es retado por su socia, quien tiene serias dudas sobre las habilidades de un insensible como él para construir relaciones verdaderas de amistad. Este solo dispone de diez días para demostrarle su error.
Mi mejor amigo (Francia, 2006) es una narración insignificante, de esas a las que uno no suele dar mucha bola en estos tiempos de locura. Y, sin embargo, de pequeñas historias como esta está escrita la vida. François encuentra una motivación poco convencional para agenciarse al que podría ser el único asistente a su funeral, pero a la larga encuentra al mejor compañero: un simpático, sonriente y sincero taxista. Unas cuantas divertidas desgracias reúnen y separan a este par de solitarios, que con tan francas y limpias actuaciones (grandes Auteuil y Boon) remueven hasta el corazoncito más tieso de la sala.
Una película sencilla, con un tema tan humano que se hace proclive a la cursilería, pero se mantiene con un tono sobrio y, por eso mismo, mucho más conmovedor. Una historia mínima para detenerse en el vértigo de los días y pensar en lo que es de verdad importante.
Ojalá fuera tan fácil cruzarse a estos sujetos amigables por la calle, sobre todo para un grandísimo hijo de la guayaba como el coleccionista...
sábado, 8 de noviembre de 2008
Confesión
"Una palabra no dice nada y al mismo tiempo lo esconde todo"
Cuando tus ojos se aplasten contra los míos prometiendo sucios futuros
no me levantaré sobre ellos para construir el sentido de mi ser
Cuando los vientos helados sobre tu rostro revelen sueños insospechados
respiraré profundo y tragaré la ilusión
Y cuando prometas sobre una tumba inexistente
"esta es la última vez"
sabré que debo enterrar mis anhelos
para entender
una última verdad.
La última.
Cuando tus ojos se aplasten contra los míos prometiendo sucios futuros
no me levantaré sobre ellos para construir el sentido de mi ser
Cuando los vientos helados sobre tu rostro revelen sueños insospechados
respiraré profundo y tragaré la ilusión
Y cuando prometas sobre una tumba inexistente
"esta es la última vez"
sabré que debo enterrar mis anhelos
para entender
una última verdad.
La última.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Simbiosis
¿Has escuchado hablar del síndrome del amputado? Después de que te quitan el brazo, la pierna, el dedo... todavía te levantas en la mañana y sientes que te pica. Todavía parece que está ahí, aunque sea jodiendo, pero está.
Quizá mañana me levante y escuche sus ronquidos...
Quizá mañana me levante y escuche sus ronquidos...
martes, 21 de octubre de 2008
Una deuda
Cada tarde, como a las 6:30, en el semáforo del cruce de Pardo con Comandante Espinar, el Chamita blanco que me llevaba de la universidad a mi casa se detenía durante interminables minutos para llenar de pasajeros hasta el último resquicio respirable de combi. A esa hora todas las bocinas chillaban, la gente subía y bajaba malhumorada dejando lo peor de sí para el cobrador. El chofer aprovechaba para vengarse de sus frustraciones personales con frenadas abruptas o aceleradas inesperadas… Era, verdaderamente, la peor hora del día.
Pero en esa esquina maldita, había un anciano de mirada gentil... un lunar en ese mar de caos que proyectaba una serenidad capaz de silenciar al más matón de los dateros. Era un viejito alto, corpulento, encorvado y con esos lentes de montura grande y redonda, como los que usan los abuelitos buenos.
Se acercaba entre el montón de gentes apuradas que se empujaban para doblar en la esquina, exactamente tres pasos a la derecha del quiosco de los chifles. Avanzaba hasta las ventanas de las combis y ofrecía queques marmoleados, de plátano y de naranja, recién horneados, hechecitos en casa. Me parecía tan dulce con su táper gigante lleno de queques, que lo sentía más que cercano. Tanto que, maldita sea, nunca me atreví a comprarle un solo queque. Me parecía ofensivo extenderle un sol a ese hombre tan digno, tan lleno de ternura en los ojos…
Pasaron muchos meses. Cuando hacía calor, lo veía con una guayabera celeste y su táper. En los meses de invierno, pasaba con una chompa marrón y un gorrito de lana. Seguía ofreciendo sus dulces con una sonrisa en la cara, con sus buenos días, recién horneaditos y muchas gracias y yo mordiéndome la lengua porque yo quería, pero no... me sentía avergonzada. Hasta que un día, sin más ni más, no apareció en la esquina.
Hace unos días me fui a hacer las compras de la semana, y a una cuadra del Vivanda (sólo tres cuadras más allá de su esquina), lo encontré con un táper gigante apoyado en un coche de metal. Pasé a su lado, me mordí la lengua, y después di cinco pasos atrás. Un queque de naranja y uno marmoleado. Pero esta vez, tenía sánguches triples también. Muchas gracias, que tenga un buen día, me dijo. Y cada quien siguió su camino, atropellándose en las asfixiantes veredas de la avenida Pardo.
Pero en esa esquina maldita, había un anciano de mirada gentil... un lunar en ese mar de caos que proyectaba una serenidad capaz de silenciar al más matón de los dateros. Era un viejito alto, corpulento, encorvado y con esos lentes de montura grande y redonda, como los que usan los abuelitos buenos.
Se acercaba entre el montón de gentes apuradas que se empujaban para doblar en la esquina, exactamente tres pasos a la derecha del quiosco de los chifles. Avanzaba hasta las ventanas de las combis y ofrecía queques marmoleados, de plátano y de naranja, recién horneados, hechecitos en casa. Me parecía tan dulce con su táper gigante lleno de queques, que lo sentía más que cercano. Tanto que, maldita sea, nunca me atreví a comprarle un solo queque. Me parecía ofensivo extenderle un sol a ese hombre tan digno, tan lleno de ternura en los ojos…
Pasaron muchos meses. Cuando hacía calor, lo veía con una guayabera celeste y su táper. En los meses de invierno, pasaba con una chompa marrón y un gorrito de lana. Seguía ofreciendo sus dulces con una sonrisa en la cara, con sus buenos días, recién horneaditos y muchas gracias y yo mordiéndome la lengua porque yo quería, pero no... me sentía avergonzada. Hasta que un día, sin más ni más, no apareció en la esquina.
Hace unos días me fui a hacer las compras de la semana, y a una cuadra del Vivanda (sólo tres cuadras más allá de su esquina), lo encontré con un táper gigante apoyado en un coche de metal. Pasé a su lado, me mordí la lengua, y después di cinco pasos atrás. Un queque de naranja y uno marmoleado. Pero esta vez, tenía sánguches triples también. Muchas gracias, que tenga un buen día, me dijo. Y cada quien siguió su camino, atropellándose en las asfixiantes veredas de la avenida Pardo.
viernes, 10 de octubre de 2008
Cualquier día (un día cualquiera)
Íbamos paseando por la calle, Diego y yo. Yo quiero mucho a Diego. Paramos en una de nuestras esquinas no-favoritas de nuestro distrito no-favorito y decidimos endulzar la boca. Compremos un churro, me dijo. Y a mí que me encantan los churros… pues dije que sí.
Dimos la vuelta a la esquina deslizando las lenguas por los respectivos labios para recoger hasta el último granito de azúcar. A los dos nos gustan mucho los churros. Y así, ensoñados con el manjarblanco y la esquina no-favorita del no-favorito distrito, pasamos frente a un quiosco de periódicos.
Diego me dice se me acaba de ocurrir una cosa. Cosa terrible la que se le ocurrió. Mientras caminábamos delante del quiosco, un auto con un conductor de esos apuraditos pasa a nuestro costado a toda velocidad. Entonces Diego, a quien yo quiero mucho, piensa que este carro veloz con un chofer poco conciente podría haberlo asustado más de la cuenta. Entonces, sin más ni más, se atora con el cilindro edulcorado que disfrutábamos con tanto gusto hasta entonces y, así, en medio de la calle, cae muerto por asfixia.
Al día siguiente, el titular del periódico del quiosco de la vuelta de la esquina no-favorita del distrito con la misma característica, rezaría el fatídico titular: “Muere por churro”.
Dimos la vuelta a la esquina deslizando las lenguas por los respectivos labios para recoger hasta el último granito de azúcar. A los dos nos gustan mucho los churros. Y así, ensoñados con el manjarblanco y la esquina no-favorita del no-favorito distrito, pasamos frente a un quiosco de periódicos.
Diego me dice se me acaba de ocurrir una cosa. Cosa terrible la que se le ocurrió. Mientras caminábamos delante del quiosco, un auto con un conductor de esos apuraditos pasa a nuestro costado a toda velocidad. Entonces Diego, a quien yo quiero mucho, piensa que este carro veloz con un chofer poco conciente podría haberlo asustado más de la cuenta. Entonces, sin más ni más, se atora con el cilindro edulcorado que disfrutábamos con tanto gusto hasta entonces y, así, en medio de la calle, cae muerto por asfixia.
Al día siguiente, el titular del periódico del quiosco de la vuelta de la esquina no-favorita del distrito con la misma característica, rezaría el fatídico titular: “Muere por churro”.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Ese gato maldito
Lunar está sola. Pobrecita. Parece un poco aburrida de la vida, pero no sé qué es lo que hace para vivir, si trabaja, cómo paga la renta, qué hace en sus ratos libres o cuántas veces antes fue a un bar de lesbianas. Sólo sé que ama a Efímero, pero el desgraciado se va, la abandona, tiene la concha de ronronearle a otra y, para colmo de males, se convierte en estrella de publicidad. No contento con eso, le hace creer a algunas que es capaz de hablar, de sentir, de saber lo que está haciendo, pero a veces (cuando no conviene) pasa a ser, de nuevo, un estúpido e inofensivo gatito.
Cada treintañera se pregunta por su efímero. Aparece entonces una sabia grifera que lustra zapatos casi por diversión, o la Mujer Maravilla con arcadas de embarazo revelando su deliciosa humanidad. Pero, a pesar de las excelentes actuaciones (quizá a estas actrices les quedó chico el libreto), hay algo que acaba distrayéndome de ese sitio al que me quieren llevar. ¿Qué buscamos las mujeres? ¿Qué necesitamos? ¿Amor, libertad, marido, mascota? Yo voto por el chinito stripper.
Cada treintañera se pregunta por su efímero. Aparece entonces una sabia grifera que lustra zapatos casi por diversión, o la Mujer Maravilla con arcadas de embarazo revelando su deliciosa humanidad. Pero, a pesar de las excelentes actuaciones (quizá a estas actrices les quedó chico el libreto), hay algo que acaba distrayéndome de ese sitio al que me quieren llevar. ¿Qué buscamos las mujeres? ¿Qué necesitamos? ¿Amor, libertad, marido, mascota? Yo voto por el chinito stripper.
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