Mi sala es chica, la hemos pintado de blanco para reducir su pequeñez. El dintel de la puerta que da al patio que lleva al baño es azul marino, como los marcos de las ventanas y la puerta de entrada. Casi todas las puertas del barrio de San Blas son del mismo color, es norma, y nosotros nos la hemos apropiado para darle un toque especial al rincón en el que ahora compartimos.
Yo he cosido todas las cortinas de la casa. Están hechas con telas del mercado de San Pedro, son naranjas y verdes. Los retazos están unidos con lanas de los mismos colores y se nota muchísimo que nunca en mi vida había cosido nada. Igual, cada vez que llega alguien, me dice que son lindas.
Mi mesa de centro es un baúl desvencijado. En realidad, creo que es una caja de carga o algo así. Costó solamente quince solcitos. Pero le hemos puesto barniz oscuro encima y se ve de lo mejor, con un mini mantel que no es más que un pedazo de tela que quedó de las cortinas. Rematamos con el adorno, que es una botella enorme y larga, en la que Mónica dejó unas flores blancas que ya están comenzando a marchitarse. Hay, en total, cuatro botellones que decoran algunas de nuestras esquinas preferidas. Mónica puso flores en todas. Mi favorita es la que está junto a la ventanita que da a la calle, que tiene unas flores fucsias de tallo largo. Cuando abro a ventana, entra la luz por el costado y donde no se ve la botella puedo ver el bosque y las casitas en la subida a Sacsayhuamán.
Por todas partes se pueden encontrar las tortugas. En el mueble del fondo están las de Tarapoto, que son dos maracas en madera que hemos colocado delante de la foto del Enano, una que tomó en Pucallpa con un cielo amarillo hiriente sobre el río. Así las pobres no van a sentir frío. También está la tortuga de lana, la más limeña y cosmopolita de todas, con sus flores de colores tejidas sobre el caparazón. Después están las cuatro tortuguitas cerámicas sobre el baúl central, cada una con una tortuga más pequeña aún sobre el caparazón. Siempre están en fila alrededor de la botella. Y finalmente las cusqueñas, puestas sobre otra foto de la selva que nos regaló el mismo Miguel, a quien extrañamos desde el día que se fue.
Hay partes de la pared de adobe que se han caído, dejando unos huecos decorativos por todos lados. Los visitantes dejan marcas en ellas, cuando se golpean borrachos con el dintel de la entrada a la cocina o tratan de agarrarse, medio adormecidos, de algún rincón. Y por eso, sea con regalos comprados o espontáneos, no hay un solo visitante que no se quede, en cierta forma, impreso entre los blancos muros de mi rincón mundano.
jueves, 29 de enero de 2009
miércoles, 14 de enero de 2009
Khoka
Gianfranco y Megan llegaron hace poco más de una semana. Después del mal de altura, del malestar estomacal, los mareos y demás padecimientos físicos del día a día serrano, pensaron que seria maravilloso poder llevarse unas bolsitas de hoja de coca de vuelta a los Estados Unidos. Obviamente, esto solo fue una evocación, un sueño, una simple y solitaria idea vagabunda en el mar de sus pensamientos.
Después de varias semanas, empiezo a entender un poco la dinámica de esta tierra. Coca, planta sagrada que regula las funciones digestivas y ayuda a pensar con claridad. Coca, abre ciertas ventanas de la conciencia y estimula la buena comunicación entre las parejas. Coca, despeja la mente, el cuerpo y el espíritu, da energía y calma el dolor.
Es difícil encontrar el poder de las plantas cuando se está fuera del contexto de estas. La hoja sagrada ha sido bien manoseada, tantas veces explotada en beneficio de mentes trastocadas y bolsillos sedientos. Ahora se le adora o se le sataniza, bajo el marketero slogan “Coca-Cola, negocios y cocaína” (ya sé que muchos no lo conocen de oídas, pero no suena tan descabellado, ¿no?), y se confunde el verdadero valor de lo esencial, que solo se encuentra en lo simple, lo más puro: lo que viene de la tierra.
El grupo Simbiontes montó, a mediados de diciembre, una interesante performance que reunía video, música y danza, sobre el tema de la coca. A pesar de la complejidad del género, creo que el mensaje fue más o menos claro y que se notaba un punto de vista firme. A la entrada, me recibieron con un vasito del buen mate (el único que se fregó fue el gringo que pidió azúcar). Treinta minutos después, había recorrido una archi-resumida síntesis de la historia de la hoja sagrada de los Incas y me encontré a la salida con novedoso producto: el “cocatón”. Panetón hecho a base de harina de coca, en tamaño “todinnito” y al módico precio de un sol. La etiqueta tenía un Papá Noel con su bolsita de hoja de coca, con letras verdes encima: “NO a la erradicación”. En la parte inferior izquierda, un perrito rabioso con collar que tenía escrito el nombre en el lomo: “ENACO”. Cada quien es libre de pensar como quiera. Yo solo me siento en mi salita cusqueña y tomo el mate que me sacará de la enfermedad.
Después de varias semanas, empiezo a entender un poco la dinámica de esta tierra. Coca, planta sagrada que regula las funciones digestivas y ayuda a pensar con claridad. Coca, abre ciertas ventanas de la conciencia y estimula la buena comunicación entre las parejas. Coca, despeja la mente, el cuerpo y el espíritu, da energía y calma el dolor.
Es difícil encontrar el poder de las plantas cuando se está fuera del contexto de estas. La hoja sagrada ha sido bien manoseada, tantas veces explotada en beneficio de mentes trastocadas y bolsillos sedientos. Ahora se le adora o se le sataniza, bajo el marketero slogan “Coca-Cola, negocios y cocaína” (ya sé que muchos no lo conocen de oídas, pero no suena tan descabellado, ¿no?), y se confunde el verdadero valor de lo esencial, que solo se encuentra en lo simple, lo más puro: lo que viene de la tierra.
El grupo Simbiontes montó, a mediados de diciembre, una interesante performance que reunía video, música y danza, sobre el tema de la coca. A pesar de la complejidad del género, creo que el mensaje fue más o menos claro y que se notaba un punto de vista firme. A la entrada, me recibieron con un vasito del buen mate (el único que se fregó fue el gringo que pidió azúcar). Treinta minutos después, había recorrido una archi-resumida síntesis de la historia de la hoja sagrada de los Incas y me encontré a la salida con novedoso producto: el “cocatón”. Panetón hecho a base de harina de coca, en tamaño “todinnito” y al módico precio de un sol. La etiqueta tenía un Papá Noel con su bolsita de hoja de coca, con letras verdes encima: “NO a la erradicación”. En la parte inferior izquierda, un perrito rabioso con collar que tenía escrito el nombre en el lomo: “ENACO”. Cada quien es libre de pensar como quiera. Yo solo me siento en mi salita cusqueña y tomo el mate que me sacará de la enfermedad.
sábado, 13 de diciembre de 2008
Crónicas del Altiplano
El terminal terrestre es un gran mercado. Decenas de voces que gritan “Puno”, “Arequipa”, y “quesos”. Cuidado con los jaladores porque con mucha facilidad cambian de agencia. Un tipo cualquiera se pone detrás del mostrador de su preferencia y te vende pasajes al precio que le dé la gana. Pero esto no es nada: no es el inicio, ni el preámbulo, ni nada que se le parezca.
Salir de Cusco es cuestión de cerrar y abrir los ojos. De pronto, Saylla, Tipón y Oropeza: chicharrones, cuyes y pan. Me enloquece la textura del pan de la sierra, y lo imagino acompañado del queso salado que viene de este pedazo de planeta en el que los cerros son todavía coloridos, todavía colorados, y cuánto te voy a extrañar color en todo lo que está por venir…
El sol de la sierra brilla con fiereza, me derrite las pupilas y comienza a partirme la piel. He recorrido parte del camino y he visto Andahuaylillas con su Capilla Sixtina hecha en Perú. Se me cruza por la cabeza, entonces, que por qué no podría haber algún día un lugar en el otro lado del charco que se haga llamar el Wayna Picchu de los Alpes o algo así. Avanzamos, siempre en camino sinuoso y afirmado, y una nube gigantesca se traga el cielo entero y comienza a llorar sobre nosotros. Quizá porque sabía a dónde íbamos.
En algún lugar las montañas cambian de color. Se abre paso una mole gigantesca, negra, sobrecogedora que abre el cielo en dos partes y se erige sólida, indestructible, inalcanzable. Desde aquí es como si me hubiese dormido y, al entrar en mí nuevamente, el cielo es el mismo, pero la tierra ha mutado, llevándose todo lo que toca hacia el amarillo grisáceo, y la tierra está seca como mi nariz.
Amarillo y triste, tremendamente solitario, completamente desolador. El paisaje de la puna se impone ante mis ojos que parecen nuevos. Nunca me sentí tan insignificante, tan sometida. Pucará -a donde debíamos llegar porque así tenía que ser- parece tener solo tres casitas, no se puede ver más porque la Tierra se atraviesa y es imposible mirar hacia el otro lado. Pocos minutos después, entramos a Balsapata. Y entonces veo de nuevo y ese fundo perdido en mitad de la nada, y el gris amarillento y el cielo temperamental y el aire helado me congelan por completo. Solo tengo ganas de llorar.
Esa noche, encontramos al Demonio en un rincón de nuestra habitación. Era gris, silencioso, tenía cara de humo y mirada penetrante. Imposible escapar de él, inevitable volver a él. Nos había seguido hasta aquí, solo para asustarnos cuando no hubiera más nada que el cielo, las nubes, la lluvia y el vacío. Nos trajo a este lugar para que, sin importar cuánto gritáramos, nadie más pudiera escuchar.
Salir de Cusco es cuestión de cerrar y abrir los ojos. De pronto, Saylla, Tipón y Oropeza: chicharrones, cuyes y pan. Me enloquece la textura del pan de la sierra, y lo imagino acompañado del queso salado que viene de este pedazo de planeta en el que los cerros son todavía coloridos, todavía colorados, y cuánto te voy a extrañar color en todo lo que está por venir…
El sol de la sierra brilla con fiereza, me derrite las pupilas y comienza a partirme la piel. He recorrido parte del camino y he visto Andahuaylillas con su Capilla Sixtina hecha en Perú. Se me cruza por la cabeza, entonces, que por qué no podría haber algún día un lugar en el otro lado del charco que se haga llamar el Wayna Picchu de los Alpes o algo así. Avanzamos, siempre en camino sinuoso y afirmado, y una nube gigantesca se traga el cielo entero y comienza a llorar sobre nosotros. Quizá porque sabía a dónde íbamos.
En algún lugar las montañas cambian de color. Se abre paso una mole gigantesca, negra, sobrecogedora que abre el cielo en dos partes y se erige sólida, indestructible, inalcanzable. Desde aquí es como si me hubiese dormido y, al entrar en mí nuevamente, el cielo es el mismo, pero la tierra ha mutado, llevándose todo lo que toca hacia el amarillo grisáceo, y la tierra está seca como mi nariz.
Amarillo y triste, tremendamente solitario, completamente desolador. El paisaje de la puna se impone ante mis ojos que parecen nuevos. Nunca me sentí tan insignificante, tan sometida. Pucará -a donde debíamos llegar porque así tenía que ser- parece tener solo tres casitas, no se puede ver más porque la Tierra se atraviesa y es imposible mirar hacia el otro lado. Pocos minutos después, entramos a Balsapata. Y entonces veo de nuevo y ese fundo perdido en mitad de la nada, y el gris amarillento y el cielo temperamental y el aire helado me congelan por completo. Solo tengo ganas de llorar.
Esa noche, encontramos al Demonio en un rincón de nuestra habitación. Era gris, silencioso, tenía cara de humo y mirada penetrante. Imposible escapar de él, inevitable volver a él. Nos había seguido hasta aquí, solo para asustarnos cuando no hubiera más nada que el cielo, las nubes, la lluvia y el vacío. Nos trajo a este lugar para que, sin importar cuánto gritáramos, nadie más pudiera escuchar.
sábado, 29 de noviembre de 2008
Adiós reina mía
En pocas horas, voy a abandonarte. Espero que sepas que no quiero que esta sea una separación definitiva, al final lo nuestro es una simbiosis negativa: ay, cómo me hieres, pero no puedo vivir sin ti.
Discúlpame si no digo que te voy a extrañar. Perdóname, pero no creo que vaya a añorarte, ni siquiera un poquito. Entiendo que hemos pasado momentos maravillosos, pero siento que dejarte es la mejor decisión que he podido tomar… Y prometo intentar no sentir que esto es una dulce, exquisita, merecida venganza; más bien, lo asumiré fríamente, con objetividad. Digamos que me voy, simplemente, porque tiene que ser así.
Me llevo seis pantalones, dos faldas, siete chompas, unos cuantos polos de verano, mis sandalias, las zapatillas guinda, las botas marrones, nueve libros, todas mis mudas de ropa interior y el estuche naranja de discos. He metido también en la maleta el reproductor de DVD, veinticuatro recuerdos dulces y treinta y dos amargos, mi deseo de libertad, mis ansias de vida y una buena dosis de curiosidad. Tal vez me lleve la licuadora y la sanguchera. A ti, te dejo tres maletines de ropa, mi cuarto con todos los muebles, mis postales colorinches, un solo paquete llenecito de resentimiento (está etiquetado), el smog, las nubes con olor a salchipapa, el clóset lleno de represión y ese yugo que creíste indestructible. Por desgracia, se quedan también contigo los buenos amigos, los maestros tocayos y el horno microondas.
Chau Lima gris, volveré a ti con los ojos bien cerrados.
Discúlpame si no digo que te voy a extrañar. Perdóname, pero no creo que vaya a añorarte, ni siquiera un poquito. Entiendo que hemos pasado momentos maravillosos, pero siento que dejarte es la mejor decisión que he podido tomar… Y prometo intentar no sentir que esto es una dulce, exquisita, merecida venganza; más bien, lo asumiré fríamente, con objetividad. Digamos que me voy, simplemente, porque tiene que ser así.
Me llevo seis pantalones, dos faldas, siete chompas, unos cuantos polos de verano, mis sandalias, las zapatillas guinda, las botas marrones, nueve libros, todas mis mudas de ropa interior y el estuche naranja de discos. He metido también en la maleta el reproductor de DVD, veinticuatro recuerdos dulces y treinta y dos amargos, mi deseo de libertad, mis ansias de vida y una buena dosis de curiosidad. Tal vez me lleve la licuadora y la sanguchera. A ti, te dejo tres maletines de ropa, mi cuarto con todos los muebles, mis postales colorinches, un solo paquete llenecito de resentimiento (está etiquetado), el smog, las nubes con olor a salchipapa, el clóset lleno de represión y ese yugo que creíste indestructible. Por desgracia, se quedan también contigo los buenos amigos, los maestros tocayos y el horno microondas.
Chau Lima gris, volveré a ti con los ojos bien cerrados.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Cumbias psicodélicas
Un ritmo tropicalón invade mi laptop de última generación.
O seaaaaa... manyas? Porque escuchar a Juaneco es mostro si conoces a Bareto, y ni qué decir de Los Mirlos o Los Destellos, de esos te enteraste hace unos meses y tienen más años que tú.
Porque el Facebook es lo máximo, pero el Hi5 es para cholos.
Los cholitos solo tienen cabida en las fotos de UNICEF o en forma de muñecos sobre el árbol de tu viejita que está, o seaaaaaaaa... ya no, ya.
¿Algún día dejaremos de ser tan huachafos?
Por cierto, estas melodías sabrosonas están riquísimas. Mejor hubiera sido aprender esto cuando era cultura y no moda.
O seaaaaa... manyas? Porque escuchar a Juaneco es mostro si conoces a Bareto, y ni qué decir de Los Mirlos o Los Destellos, de esos te enteraste hace unos meses y tienen más años que tú.
Porque el Facebook es lo máximo, pero el Hi5 es para cholos.
Los cholitos solo tienen cabida en las fotos de UNICEF o en forma de muñecos sobre el árbol de tu viejita que está, o seaaaaaaaa... ya no, ya.
¿Algún día dejaremos de ser tan huachafos?
Por cierto, estas melodías sabrosonas están riquísimas. Mejor hubiera sido aprender esto cuando era cultura y no moda.
domingo, 16 de noviembre de 2008
It's the end of the world as we know it...
Nos sentíamos casi criminales, solo por ir a comprar entradas en la reventa. “Ya la hicimos, ya”, pensando que las conseguiríamos a mejor precio. De repente hasta compramos unas en campo, repetíamos, llenos de expectativas y adrenalina.
Ya sonaba Cementerio. Uno y medio estaban emocionados. Yo notaba, un poco nerviosa, la ausencia de revendedores y la rápida proliferación de recompradores… treinta y cinco soles, nos dijo el primero. No pues… si costaban veintiocho.
Avanzamos hasta la entrada a la tribuna Norte del Estadio Nacional y ahí comenzó a sentirse la tensión. Griterío, sudores, correrías… De pronto, una humareda con olor a rachi vuelve más denso el aire y estamos sumergidos en el mismísimo infierno de los fans enamorados. Cuarenta, tribuna ¿Cómo? Los minutos avanzan aceleradamente.
Una chica nos ofrece una a veinte soles. Ya estábamos sacando la billetera y nos invade la duda sobre la fiabilidad de esas entradas. ¿Por qué habría de pasarnos algo tan bueno a nosotros? Deben ser falsas. Y en esos segundos de análisis ya llegó una tía que no tiene pinta de roquera ni a balas y ¡zas! Nos arrebata el sueño de las entradas subvaluadas.
Un rato después, estamos haciendo cola en la boletería, una fila que iba a dejarnos sin tres canciones, mínimo. Ya desesperanzados, encontramos reventa a cincuenta soles en tribuna. Más allá, un tío se abre paso entre la nube de pancita y nos ofrece un sitio en la cola por un sencillo. Pero en eso, con un golpazo de suerte, llega otra con dos entradas a treinta y cinco. Ya pues, dijimos seguros de haber hecho un negociazo, porque conseguirlas a menor precio del de la venta era una lejana evocación. Ellos lucran con nuestra ilusión, me indigno, aunque yo quise ganar con su desesperación. Y Gabo, lúcido como siempre, me hace caer en la cuenta de que estamos en una versión un poco más sórdida de Wall Street.
El hecho es que faltaba un boleto. Unito solo. Como caído del cielo, llega el Ángel de los Fanáticos Tristes y nos ofrece dos entradas a treinta soles cada una. Pero solo nos falta unaaa… Él se rehúsa a venderlas por separado, pero yo lo acoso para que no suelte mi entrada y consiga un solo comprador. Por desgracia, todo el mundo viene en parejitas y yo quiero matar a alguien en ese mismo momento porque mi paciencia tiene un límite, y uno bien pegadito a la serenidad. Ya casi resignada, me acerco a Gabo, quien conversa con una revendedora que trata de convencerlo de comprar seis entradas en boletería con su tarjeta Ripley para que ella pueda seguir jugando con la psiquis de los admiradores de Travis; a cambio, ella nos conseguía un lugar preferencial en la fila (el primero). Él entiende los perjuicios de cargar todo al cartoncito por un tema de intereses y qué sé yo, se niega. Y entonces, yo lo agarro del cuello al chato de las entradas a treinta soles y le digo véndele una a esta señora; usted, señora, ya tiene una entrada a precio para reventarla a su gusto; ahora tú, chato, dame mi entrada, toma tus treinta. Nos hemos metido de cabeza en el círculo de la corrupción made in Perú Profundo.
La revendedora se excusa. Es que no sale el negocio pe’, por eso a cincuenta, mínimo, sino yo qué gano, pe’… ya, chau. Estamos camino a la entrada, por fin, y suena el grito de victoria:
Ya sonaba Cementerio. Uno y medio estaban emocionados. Yo notaba, un poco nerviosa, la ausencia de revendedores y la rápida proliferación de recompradores… treinta y cinco soles, nos dijo el primero. No pues… si costaban veintiocho.
Avanzamos hasta la entrada a la tribuna Norte del Estadio Nacional y ahí comenzó a sentirse la tensión. Griterío, sudores, correrías… De pronto, una humareda con olor a rachi vuelve más denso el aire y estamos sumergidos en el mismísimo infierno de los fans enamorados. Cuarenta, tribuna ¿Cómo? Los minutos avanzan aceleradamente.
Una chica nos ofrece una a veinte soles. Ya estábamos sacando la billetera y nos invade la duda sobre la fiabilidad de esas entradas. ¿Por qué habría de pasarnos algo tan bueno a nosotros? Deben ser falsas. Y en esos segundos de análisis ya llegó una tía que no tiene pinta de roquera ni a balas y ¡zas! Nos arrebata el sueño de las entradas subvaluadas.
Un rato después, estamos haciendo cola en la boletería, una fila que iba a dejarnos sin tres canciones, mínimo. Ya desesperanzados, encontramos reventa a cincuenta soles en tribuna. Más allá, un tío se abre paso entre la nube de pancita y nos ofrece un sitio en la cola por un sencillo. Pero en eso, con un golpazo de suerte, llega otra con dos entradas a treinta y cinco. Ya pues, dijimos seguros de haber hecho un negociazo, porque conseguirlas a menor precio del de la venta era una lejana evocación. Ellos lucran con nuestra ilusión, me indigno, aunque yo quise ganar con su desesperación. Y Gabo, lúcido como siempre, me hace caer en la cuenta de que estamos en una versión un poco más sórdida de Wall Street.
El hecho es que faltaba un boleto. Unito solo. Como caído del cielo, llega el Ángel de los Fanáticos Tristes y nos ofrece dos entradas a treinta soles cada una. Pero solo nos falta unaaa… Él se rehúsa a venderlas por separado, pero yo lo acoso para que no suelte mi entrada y consiga un solo comprador. Por desgracia, todo el mundo viene en parejitas y yo quiero matar a alguien en ese mismo momento porque mi paciencia tiene un límite, y uno bien pegadito a la serenidad. Ya casi resignada, me acerco a Gabo, quien conversa con una revendedora que trata de convencerlo de comprar seis entradas en boletería con su tarjeta Ripley para que ella pueda seguir jugando con la psiquis de los admiradores de Travis; a cambio, ella nos conseguía un lugar preferencial en la fila (el primero). Él entiende los perjuicios de cargar todo al cartoncito por un tema de intereses y qué sé yo, se niega. Y entonces, yo lo agarro del cuello al chato de las entradas a treinta soles y le digo véndele una a esta señora; usted, señora, ya tiene una entrada a precio para reventarla a su gusto; ahora tú, chato, dame mi entrada, toma tus treinta. Nos hemos metido de cabeza en el círculo de la corrupción made in Perú Profundo.
La revendedora se excusa. Es que no sale el negocio pe’, por eso a cincuenta, mínimo, sino yo qué gano, pe’… ya, chau. Estamos camino a la entrada, por fin, y suena el grito de victoria:
“¡Vente! ¡Esto está buenazo!”
(La Revendedora dixit)
lunes, 10 de noviembre de 2008
Alta suciedad, pero de buena calidad
De vez en cuando, me da la impresión de que las buenas películas tienen que dejarme grandes ideas. Evidentemente, la huachafería me abandona pronto y me doy cuenta de que hay historias que merecen ser contadas porque son, y porque narrar historias se trata, pues, simplemente de eso: decir algo que quieres compartir.
Dioses, la película de Josué Méndez, es una de esas que me dejan calladita. Salí con la impresión de haber encontrado algo, pero no. De haber concluido algo, pero no. De haber percibido algo en el ambiente, pero…. No pues, no.
Quizá porque se trata de un tema tan cercano, casi “costumbrista”, como dice Percy. Si tuviéramos respuestas de esas pequeñas porqueritas que componen nuestro mundo, este simplemente no sería tan feo. Méndez entiende eso a la perfección, por eso cuenta una historia con la delicadeza del cirujano, dejándonos ver de todo un poco pero sin soltar “mensaje”, porque no pues, así no es.
Con personajes tan verdaderos y ridículos como los que vemos (o no) diariamente, con un guión tan preciso que no nos deja lugar a sospecha, con unas actuaciones tan cuajadas que nada queda fuera de su sitio, esta película deja la sensación de haber visto una fotografía recontra bien encuadrada de la clase más pudenda y fifiris limeña. Ahí la tienes, de extremo a extremo, sin caer en sosos juicios morales ni frívolas especulaciones. Y con su escandalito dramático más, como quien no quiere la cosa.
¿Que querían ver una crítica social? ¿Una elaboración filosófica de lo que pasa en la sociedad moderna? ¿Un perfil antropológico de la Lima actual? Se equivocaron, muchachos. El cine (y buen cine peruano, ah, cállense la boca) no se trata de eso.
Dioses, la película de Josué Méndez, es una de esas que me dejan calladita. Salí con la impresión de haber encontrado algo, pero no. De haber concluido algo, pero no. De haber percibido algo en el ambiente, pero…. No pues, no.
Quizá porque se trata de un tema tan cercano, casi “costumbrista”, como dice Percy. Si tuviéramos respuestas de esas pequeñas porqueritas que componen nuestro mundo, este simplemente no sería tan feo. Méndez entiende eso a la perfección, por eso cuenta una historia con la delicadeza del cirujano, dejándonos ver de todo un poco pero sin soltar “mensaje”, porque no pues, así no es.
Con personajes tan verdaderos y ridículos como los que vemos (o no) diariamente, con un guión tan preciso que no nos deja lugar a sospecha, con unas actuaciones tan cuajadas que nada queda fuera de su sitio, esta película deja la sensación de haber visto una fotografía recontra bien encuadrada de la clase más pudenda y fifiris limeña. Ahí la tienes, de extremo a extremo, sin caer en sosos juicios morales ni frívolas especulaciones. Y con su escandalito dramático más, como quien no quiere la cosa.
¿Que querían ver una crítica social? ¿Una elaboración filosófica de lo que pasa en la sociedad moderna? ¿Un perfil antropológico de la Lima actual? Se equivocaron, muchachos. El cine (y buen cine peruano, ah, cállense la boca) no se trata de eso.
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